"Su sociedad está condenada", Ayn Rand

"Cuando advierta que para producir usted necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces usted podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad esta condenada"

Ayn Rand, 1950. Rand (1905-1982). Filósofa Ruso-Estadounidense

sábado, 18 de mayo de 2013

ACTO DE DEVELACIÓN DEL CUADRO DE NELSON MALDONADO


Las instituciones y las personas siempre han querido ser inmortales. Por esa obsesión, nuestra civilización occidental ha construido mitos fabulosos y más de un dios ha encontrado sentido en esa nostalgia que abruma y que busca cualquier vía para no pasar a ser silencio y olvido.

El silencio y el olvido son conjugaciones de un mismo acontecer. La gente, porque olvida, va sometiendo al silencio aquello que va dejando de ser vivencia importante. Frente a esa tendencia fatal e inexorable las instituciones han elaborado ritos que tienen la suprema importancia del recuerdo. Una de ellas es, precisamente, la del acto de colgadura de los que han sido sus presidentes.

Las galerías de presidentes son una ventana al pasado. Y de muchas maneras una forma de reconocerlo y reconciliarnos con nuestra propia historia. Reconocer que estamos orgullosos de esa trayectoria que se sigue reproduciendo en el presente, que por eso mismo tiene futuro, y comprender a la vez el legado, siempre personal, de los que han tenido la inmensa responsabilidad de interpretar un momento, una situación, de encararla y de representar un complejo de principios y valores que son acaso el único acervo de nuestras instituciones.

Por eso yo siempre he pretendido aconsejar que este sea un acto solemne. Y por esa misma razón hace cuatro años le pedí al que era el presidente de ese momento, Fernando Morgado, que me concediera el privilegio excepcional de estar aquí y ahora, contribuyendo  a celebrar dos años que vivimos intensamente.

Agradezco a Mauricio Tancredi que haya finalmente honrado el compromiso institucional y que hoy estemos aquí, todos reunidos, en un momento de sosiego, para hablar de una porción de nuestra historia reciente,  recordar que estas historias las hacen los hombres y que al final el que nos hayamos mantenido tanto tiempo tiene mucho que ver con aciertos y errores personales, con la capacidad de interpretar el momento, y con el intento de convocar a otros al esfuerzo de seguir haciendo válido el propósito y los empeños de nuestras instituciones.

Consecomercio nació para defender la libertad. Basta ver la nómina de los fundadores para catar el indoblegable compromiso con un país repleto de oportunidades, competitivo, abierto al mundo, y dispuesto a encarar el reto de transitar por los raudales y rápidos de la modernidad, a pesar del acecho constante de la barbarie que trasmuta algunas veces en despotismo, otras en privilegios, y muchas otras en el cálculo que complace el interés propio y olvida que la República no sobrevive si no hay oportunidades para todos por igual.

Y precisamente, la borrasca y las aguas tempestuosas encontraron en Nelson Maldonado un capitán capaz de conducir esta institución sin que se evadieran los peligros, pero tampoco corriendo el riesgo de perder el curso. Y allí está la primera lección de esa experiencia que forma parte de un legado que vale la pena contar: Que la forma más fácil de perder la ruta es evitando las acechanzas del entorno y condenando a las instituciones a la inutilidad. O visto de manera positiva, tal y como fue, que es un deber que no vale la pena traicionar el asumir los costos de la época que nos toca vivir.

No es fácil la soledad institucional. Algunos se agobian. Otros comienzan la equivocación del individualismo que cree tener en sus manos las preguntas y sus respuestas. No es fácil ser escena y escenario con un auditorio tan complicado como lo puede ser el comercio venezolano.

Y sin embargo me parece importante señalar que parte del éxito que hoy estamos recordando fue que Nelson nunca tuvo miedo de rodearse.  Él, que siempre ha dicho que “de esto o de aquello no sabía” tuvo mucha fe en que lo que no sabía él bien podían saberlo los demás. Y convocaba abiertamente a la cooperación haciendo algo que solo los muy líderes son capaces de hacer: construyen éxitos y logros institucionales, no desde la épica personal, sino desde el logro colectivo y el reconocimiento al buen desempeño del equipo.
No dejaba por eso de ser un líder prominente, pero era ese tipo de liderazgos de puertas abiertas, convocante, capaz de subir al navío a todos aquellos que pudieran, que supieran, que quisieran. No deja de ser parte de su biografía más vital el haber pasado buena parte de su vida al frente de un barco, sabiéndose tan útil como competente podía ser su tripulación. Tal vez eso le dio el talante para esa apertura fresca que siempre mantuvo.

A veces la cercanía es un inmenso esfuerzo. Tiene, pienso yo, muchas formas, su acceso se puede producir desde muchos vericuetos. Pero hay formas “paulinas” que se practican con la humildad del que agarra su carro y emprende camino por todo el país, animando, conversando, convocando, recordando y advirtiendo que este país es único y que bien merece la pena hacer todo lo posible para restaurarlo.

Ese país, ancho, ajeno y obtuso, comienza a ser así cercano, amigable, propicio, franco y reconocible, más allá de la debida ceremonia, regodeado en la celebración de la amistad y de la identidad de propósitos. No es fácil, pero es la única realidad que tenemos el pretendernos todos parte de una misma tripulación que intenta llegar a su destino. No es fácil porque la distancia es desmesura, y porque los tiempos humanos son escasos.


Pero allí encontramos otra lección de esa época: El líder lo hace mejor si lo disfruta. Nada puede salir bien si se impone como una carga insoportable. Y yo creo que no hay nada que más emocione al Nelson que yo conozco que agarrar camino y adentrarse en un país que espera de sus líderes esa asiduidad que practicó sin asomo de cansancio.

Tal vez por ese talante de cercanía, integración y arrojo, nosotros desde la Cámara de Caracas, celebramos a los líderes que bien confluyeron en esa época como “Los cuatro mosqueteros”. Los que visitan nuestra sede se encuentran a la entrada con una caricatura de Rayma, que encargó Diana Mayoral, nuestra presidenta de aquel entonces. Allí están Nelson, Eduardo, José Manuel y Genaro, imaginados como paladines, bien acordados, disponibles y mirando de frente como esperando que su apertura fuera reciprocada con el respaldo que, por cierto, nunca les negaron.

Muchas tardes de domingos pude participar en jornadas estratégicas, donde todos por igual aportaban ideas, puntos de vista y consideraciones que luego ellos procesaban y administraban. Fue buena esa época en la que las decisiones no estaban enclaustradas. Esa apertura de los líderes hacia el resto de los que querían colaborar y tenían algo que decir les dio frescura y transparencia, y por supuesto, resultados. No es casual que dos de ellos sean hoy honorables y sufrientes diputados ante la Asamblea Nacional. No es casual que esa haya sido la fragua que los fue cincelando desde la vocería gremial a los que hoy defienden las exigencias de decencia republicana de la mayoría de los venezolanos.

No podemos olvidar que los líderes modernos son como esos 4 mosqueteros lo fueron: no le temen a la diversidad, practican el pluralismo y no caen en la tentación del sectarismo, o del clasismo, o del exclusivismo. Pienso yo que los marinos saben mezclar bien las dosis de disciplina, jerarquía y camaradería que mantienen a todos motivados y alineados alrededor de un propósito que no deja nunca de ser vital. Y es que no hay mejor forma de conocer a la gente, al país, a los aliados, y también la ruindad del adversario, que entrando en contacto con ellos, que atreverse a debatir, dialogar, escuchar y palpar el estado de ánimo, el propio y el ajeno.

Son muchas las tentaciones a las que, todos nosotros, hemos estado sometidos en los últimos 15 años. Una de ellas es haber pensado, si es que alguna vez lo hicimos, que es posible salvarse sectorialmente  al margen de la suerte del país. Que podíamos castrar nuestra práctica y nuestro discurso de esa preocupación cívica que mezcla lo propio con lo de los demás y saca saldos globales. Que si le iba bien al comercio, pues dejaba de importar si en tanto el resto se hundía en cualquiera de las crisis. Ya sabemos, tal vez hemos tenido que aprenderlo por las malas, que el país es único e indivisible, que somos parte de un sistema que se afecta integralmente si no encuentra sinergia.

Esta conciencia exige de los líderes un asomarse al entorno en búsqueda frenética para construir alianzas y demostrar ser confiables. No hay alianzas que puedan ser sólidas si no estamos dispuestos al respeto, al mutuo reconocimiento y algo más, el ser sensibles a las necesidades de los otros. No hay alianza que no encuentre su mejor abono en la realización conjunta, sobre todo en un país ahogado en palabras, promesas, imposturas y propagandas que no son fieles a la realidad ni honran los compromisos.

Nunca fue más necesario que en la época del primer Referéndum Constitucional y nunca más propicio que Nelson estuviera al mando. Se construyeron redes con otras instituciones, se habló con organizaciones de la sociedad civil, se hicieron contactos con los partidos políticos, se establecieron mecanismos de comunicación con las iglesias y se elaboraron razones para ir por todo el país contribuyendo a la generación de un ambiente desde el cual, democrática y pacíficamente, se pudiera afrontar un viraje hacia la izquierda para el que el país no estaba preparado.

Eso funcionó. Nelson agarró su carro y se fue de gira con un pequeño grupo para galvanizar las Cámaras de Comercio y hacerlas voceras empoderadas de un argumento, que por cierto, no venía en el formato de la imposición sino en formato de debate persuasivo. Y repito, funcionó, porque al final el grano de arena que se aportó tiene decenas de anécdotas a favor de la unidad de propósitos que se obtuvo. Me imagino que los marinos no saben de límites, ensimismados con esa inmensidad con la que tienen que lidiar, y que tarde o temprano los expone a lo plural, lo diverso, lo diferente que encuentran en cada puerto, cuyo acercamiento supone el tener que cuidar los detalles, tal vez milimétricos, del atraque en el muelle.

A veces pareciera como si este país estuviera condenado a la falta de prójimo. Ese pensar, que a veces es producto del miedo y otras del desaliento, que lo humano nos es ajeno, y que la suerte de los demás no es cuestión de nuestra incumbencia. Esa peculiar forma de administrar nuestras circunstancias nos ha hundido muchas veces en la desolación de la desconfianza y la desesperanza. Por eso creo que tenemos que rescatar de la época de Nelson esa predisposición a la solidaridad que solo se puede demostrar con el testimonio de la presencia. Estar en el momento adecuado y en el sitio adecuado puede hacer la diferencia. Practicar la solidaridad activa es una potente formula de resistencia civil que nos hizo ir a cárceles donde padecen los presos políticos, o a sinagogas devastadas por la violencia, o la visita al Nuncio cuando en el peor momento de las relaciones temían la inminencia de un allanamiento de parte de las fuerzas de seguridad del gobierno. Era la época previa a la evasión de Nixon Moreno, a la sazón asilado en la nunciatura.


Esa misma solidaridad nos movió a reivindicar la figura y el martirio de Franklin Brito, que al fin de cuentas llevó hasta el extremo una exigencia de dignidad irreductible que debe ser algún día colocado como ejemplo de un país que no se rinde.  Lo cierto es que esa presencia “consoladora” que se practicó con sentido estratégico le connoto una dimensión humana a una gestión que suele ser de discurso centrado en la economía, puertos, aduanas, dólares, CADIVI y demás rigores de este socialismo que nos ha tocado vivir.

Quizá algunos no sepan que Nelson es un apasionado de la historia y de los toros. Lo digo aquí porque me parece esa una mezcla admirable de la reflexión y del gozo, de la profundidad y la futilidad de un momento. Esa mixtura se aprecia en buena parte de su ser y de su hacer. Es como si la reflexión y la acción tuvieran también esa bravura que algunos aplauden en el toro dispuesto a dar la pelea hasta el final, aun presintiendo que la tiene perdida por anticipado. Todos sentimos, al estar a su lado, ese impulso arrollador, pero que no se negaba a pensar y a interrogarse el por qué de estas batallas que nunca concluían.

Pero sobre todo es un admirable amigo. Quizá por esa razón estamos aquí muchos de nosotros. Yo el primero. Pero lo realmente cierto es que además de eso nos congrega un esfuerzo para desafiar el olvido y el silencio. La gente buena merece ser contada, una y otra vez, merece convertirse en la explicación sencilla que acompaña la contemplación de una foto de la galería de expresidentes. Un relato sobre lo que hizo y lo que significó su gestión. Un relato de las convicciones que fueron su estandarte, y que prefirió no arriar aun a costa de la incomprensión.  

Hay que aprender a ver esa trayectoria que viene desde el primero hasta el último. Para eso hace falta escribir la historia y comprenderla. Hay que hacer el esfuerzo de mirar el aporte que entre todos han construido y legado, y por supuesto, la decisión personal que cada uno de ellos se impuso para seguir esa línea conductora de principios y valores que nos dieron razones para fundar esta institución y nos siguen aportando argumentos para continuar esta lucha un día tras otro.  

En un país como el nuestro nadie puede darse el lujo de prescindir ni de su historia ni de los hombres que han contribuido a ella. Por eso, lo mejor de todo es que Nelson está con nosotros y continua con nosotros escribiendo las líneas de esta cotidianidad crítica y dramática en la que todos los días aparecen muchos puntos de inflexión que han sido elaborados pacientemente desde hace mucho tiempo. Continúa dando sus batallas por las cosas en las que cree. Continua activo como empresario y como dirigente con sensibilidad social. En muchas cosas ha sido plenamente reivindicado, porque todos sabemos los avatares de nuestros últimos tiempos, todos sabemos de la nostalgia por lo que pudo ser, y todos también sabemos que lo hecho, hecho está y que el pasado no es revocable. Pero el futuro siempre está por hacer.

Me hace muy feliz que esta celebración tenga como contraparte de esta foto a un Nelson vital y comprometido que  sigue sin darle tregua al miedo, exponiéndose como muchos otros y dándole sentido a esa heroicidad cotidiana que reconocía Don Augusto Mijares como parte del acervo virtuoso de muchos venezolanos y que me permito compartir con ustedes: “Héroe es el que resiste cuando los otros ceden; el que cree cuando los otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen”.

En esas palabras del insigne pensador venezolano hay una forma de contar esta historia y muchas otras similares a la que hoy estamos celebrando. Porque de eso se trata: de haber resistido, de haberse rebelado, y de haber mantenido en alto las consignas a favor de la libertad cuando muchos otros querían entregarlas. Así me gustaría que todos nosotros recordáramos la época en la que Nelson fue nuestro presidente.

Agradezco nuevamente a Mauricio Tancredi el haberme permitido decir estas palabras y a Nelson el esperar pacientemente  por cuatro años el que las pudiéramos decir.

Gracias a todos.

Por Víctor Maldonado C.
Caracas. 14 de Mayo de 2013

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